Publicado en Septiembre 22, 2010
Era conejo y, en realidad, estaba rico. Lo gracioso es que, una vez que supe que no era pollo, ya no pude comer más. Sabía conscientemente que no era desagradable o algo así, pero mi estómago seguía rehusándose sin importar lo que la lógica decía, o que tanto lo intentaba.

